El mar era el “prado de la gaviota”;
la espada era la “vara de la ira”;
los ojos eran las “piedras de la cara”;
el pecho era el “asiento de las carcajadas”;
el río era la “sangre de los peñascos”;
el guerrero era el “teñidor de espadas”;
el corazón era la “piedra del brío”,
las cejas eran los “cortinajes del rostro”;
la poesía era el “licor de Odín”;
el brazo o la mano eran el “trono del halcón”;
el viento era el “lobo de los cordajes”;
la cerveza era “la marea de la copa”;
los dientes eran “los riscos de las palabras”.
Una construcción solidaria con estos preciosismos del lenguaje podría ser, rozando el plagio, como casi todo lo constuído desde las Kenningar:
*Teñidor de espadas, ábreme la piedra del brío;
desata los lobos de los cordajes
que vengo herida en el trono del halcón.
*Mi asiento de carcajadas
salió ileso en esta batalla, porque la vara de la ira
estaba contaminada con la marea de la copa.
*(La walkiria se arranque las piedras de la cara
y retorne al prado de la gaviota...)










